Encuentros indiferentes

Si como dice Sartre, la experiencia de la mirada es fundamental en la constitución del campo de la intersubjetividad, porque en dicha experiencia el Otro se presenta a la conciencia como sujeto, entonces una “simple mirada” nunca es inocente.

La mirada objetiva mi presencia y la torna relativa frente al Otro. Es porque el Otro me mira que adquiero presencia en el mundo y destaco como Sujeto sobre el reino inerte de las cosas. Me hago patente, ante mi y ante el otro, en el ser-mirado.

El Otro mira, y cuando me mira, la forma intencional de su mirada puede ser radicalmente distinta a cuando mira una cosa. No obstante, como parte de la dialéctica de la mirada, el Otro deviene horizonte de conflicto cuando pretende nihilizar mi libertad, es decir, cuando intenta cosificar mi sujetidad posible a un reducto inerte.

La mirada vuelta hacia las cosas fija un horizonte práctico-utilitario para con los objetos inertes. Éstos resultan ser objetos-medios para lo consecución de un fin que el sujeto proyecta como posibilidad a realizar. De esta manera, el sistema inerte de objetos adquiere sentido cuando es puesto sobre ellos un fin que no se encuentra en él mismo.

FIjar la mirada ante, o hacia, lo radicalmente distinto a una cosa, es decir, ante el existente humano, nos muestra el campo de lo posible. El Otro es posibilidad y escapa a la mediatización que pretendo efectuar de él. Sin embargo, bien puedo sentarlo como una cosa entre las cosas e ignorar su presencia, siempre desafiante, al apartar la mirada fingiendo su no existencia.

La mirada que ignora es una mirada cosificante, pues reniega del desafío que exige el Otro con su simple presencia. Mirarlo y desarmarlo para poder asimilarlo como una cosa requiere que el Otro no sea originariamente cosa. Ejemplo:

Camino por la calle y un vagabundo entorpece mi paso. Lo rodeo como si rodeara un saco de basura. Sin embargo, capto en un inicio que el vagabundo no es una cosa entre las cosas, aunque segundos después desarme la presencia del Otro y la reduzca a calidad de ente inerte que habita junto con las demás cosas del paisaje. Mi mirada evita, con aire de desagrado, la presencia de lo incómodo. Pues, no hay nada más incómodo que el Otro que me devuelve la siniestra imagen de mi como cosa.

El que mira cósicamente a Otro deviene cosa en tanto aniquila su caracter de posible y de compromiso con el Otro. Se deja estar como el vaso de agua sobre la mesa. En un acto sintético aniquila el proyecto de humanidad posible en aras de la pasividad inerte de la cosa. Dos cosas se encuentran habiendo renegado previamente de la sujetidad que permitía el encuentro mismo.

Dos sujetos con mala fe que, en un quid pro quo, se desentienden y devienen cosas entre las cosas. La indiferencia mata, en efecto, porque aniquila mi presencia radical como sujeto irreductible.

Adorno y lo político (fragmento)

Fragmentos de: Schwarzböck, Silvia, Adorno y lo político, Prometeo, Buenos Aires, 2008

… Adorno va a sostener que todos los que se propongan crear una nueva sociedad siempre encontrarán como obstáculo a la psiquis humana, porque los hombres constituyen su identidad identificándose con el opresor: la violencia que reprimen en el acto de obedecer la canalizan aplicando sobre otros el mismo principio que los hace sufrir. A diferencia de los marxistas, que suelen plantear esta tesis en términos históricos y considerarla a lo sumo como un buen diagnóstico de la subjetividad burguesa, Adorno -siempre tan poco afecto a la historia y tan enemigo de cualquier relativismo- la convierte en la clave para entender el fracaso de la emancipación humana. Si la víctima se identifica con el opresor, haciendo sufrir a otros, el sufrimiento endurece y la enfría, en lugar de sensibilizarla…

Que otros sufran por causa nuestra, mientras uno sufre a causa de otros, no hace que el mundo sea más justo, pero permite una compensación que sólo se revela como tal con el fracaso de las revoluciones. Las víctimas, una vez liberadas, hacen sin saberlo todo lo posible para que el nuevo orden les provea las condiciones opresivas del orden anterior, donde sufrían y se quejaban, mientras hacían sufrir a otros…

Este fracaso se debería a que la posibilidad de que los hombres sean felices aquí y ahora depende de la política -porque la política es la praxis destinada a eliminar de este mundo el sufrimiento-, pero la política no logra cambiar la psiquis humana porque la psiquis humana está constituida para soportar la opresión ejerciéndola sobre otros, no para emanciparse…

La política intenta que los hombres dejen de sufrir como miembros de la especie, aunque no puede evitar que como individuos sigan padeciendo los sufrimientos que les crea su psiquismo o los que les son creados por el psiquismo de otros individuos. Pero la política fracasa porque el sufrimiento, que es lo único que les queda a los hombres para contrarrestar el hechizo que ellos mismos han creado y bajo el cual viven -el hechizo del espíritu-, los fortalece para perseverar en la opresión, en lugar de sensibilizarlos para querer eliminarla.