La espuma no es el mar

Como cuando las olas del mar abrazan la arena de la playa formando una fina e intermitente espuma y desaparece tras unos segundos, así sucede con las coyunturas.

Lo importante, quizá, es no confundir la espuma con la totalidad casi infinita del mar.

Yosoy132 ha logrado aglutinar a los estudiantes de diversas universidades públicas y privadas en torno a consignas muy específicas, a saber:

1.- No  a la imposición del candidato del PRI, Enrique Peña Nieto
2.- Democratizar los medios de comunicación
3.- Defender y llamar al voto conciente, crítico e informado.

Dentro de las distintas facultades, así como en las diferentes mesas de trabajo que se han realizado, se ha escuchado una variedad de cosas. Un conjunto heteróclito de opiniones y de reivindicaciones parecen cobijar y legitimar al movimiento. No obstante, cabe preguntarse, más acá de la espuma, de las ilusiones que ésta siempre trae consigo y de la retórica presente, por los alcances y límites de dicho movimiento.

Es consenso que no se quiere el regreso del viejo dinosaurio llamado PRI, también es consenso que no se quiere la continuidad del proyecto político del PAN. No se dice, pero es algo tácito: el voto conciente pasa por votar al candidato del PRD, AMLO.

Aquí empezamos con los no-decires, con el anverso del discurso y de la práctica política.

Yosoy132 surgió con el objetivo, al menos en un principio y hasta ahora, de impulsar y defender el voto “conciente” y en contra de la imposición que pretenden hacer los medios de comunicación; movimiento, dicho sea de paso, emanado de un contexto coyuntural puntual: las elecciones presidenciales. Esto, visto así, es algo abstracto que en términos reales y prácticos requiere traducción.

Si el movimiento llama a votar y defiende la “democracia” del voto, esto exige un posicionamiento del mismo movimiento dentro de los términos de esa democracia, que podría llamarse “burguesa”. Esto es así porque las consignas determinan el horizonte del posicionamiento mismo: contra el PRI y contra el PAN. Es lo no dicho en lo dicho mismo.

Expresiones como la de ser un movimiento ciudadano y pacífico, en defensa del voto, y ahora llamado antineoliberal es algo importante, aunque la composición de los participantes se defina y se guíe más por la retórica y la emoción del momento que por la claridad política.

Lo anterior como punto a señalar en torno a la defensa de la democracia del voto y de reivindicaciones que expresan la incipiente y limitada conciencia política crítica de sus participantes. Creer que la democracia se identifica con el voto es, visto así, un avance en un país donde la democracia ni si quiera alcanzaba a considerar el voto, sino que recurría al fraude y a la imposición. Imposición, digamoslo también, sostenida y aceptada tácita o implicitamente por la sociedad en su conjunto. No obstante, después de varias elecciones fraudulentas que han llevado a los gobernantes en turno a vender el país, surge hoy la posibilidad de girar la brújula hacia un proyecto que respete y presente un pacto social que tenga en cuenta las necesidades inmediatas de la población y que, según se dice, acabe con la red de corrupción que pudre al país. Aflojar un poco las cadenas del esclavo, quizá, sirva de algo.

Se quiera ver o no, guste o no guste,  yosoy132 posiciona políticamente a AMLO. Se puede decir que yosoy132 “rebasa” el proceso electoral y que se construye algo “diferente” desde los jóvenes y estudiantes. Pero, ¿desde dónde, desde qué perspectiva política? Habría que recordar aquella frase de, “la noche en la que todos los gatos son pardos” para poder pensar, diferenciar y ubicarnos en la trama de ésta coyuntura. No confundirse para no tomar una cosa por otra. Para cierta parte de la sociedad y de la “izquierda”, votar por AMLO representa la única alternativa en el marco de la real-politik. Sobre todo en un contexto en el cual la crisis en Europa se agudiza día con día.

Como suele ocurrir en las coyunturas, se crean burbujas de esperanza, pero la burbuja, así como la espuma del mar, duran segundos y desaparecen.

La espuma no es el mar, porque la democracia real, si es que existe, no se reduce a la democracia representativa del voto. La espuma no es el mar, porque las burbujas se inflan y luego estallan para fundirse con el infinito. La espuma no es el mar, porque donde hay masas no implica la presencia de una subjetividad realmente crítica. La espuma no es el mar, porque al toro se lo agarra por los cuernos con las manos de la teoría y no con la simple voluntad, aunque sea bienintencionada.

La espuma no es el mar porque nadie ha volteado a ver el océano que ha generado la espuma, levantar un poco los ojos y observar la complejidad no estaría nada mal. Pero, ¿existe siquiera la posibilidad de internarse en el mar, se tiene la capacidad para sumergirse en las profundidades?

Ocurrencias sobre “Job” de Joseph Roth o sobre lo oculto y rechazado

Job es el título de una novela del escritor austríaco Joseph Roth, de origen judio, convertido al catolicismo, bebedor empedernido, vecino de la esquizofrenia (su mujer la padecía) y habitante del delirium tremens en la última etapa de su vida.

Mendel Singer es el personaje principal de la novela que comentamos. Maestro dedicado a enseñar la bíblia a sus pequeños alumnos, devoto ferviente de su judaica religión, construye su vida y la de su familia aceptando la miseria, la enfermedad y la tragedia como designios irrebatibles de dios.

Sin embargo, pensamos que el personaje principal no es Mendel Singer, sino su hijo enfermo, Menuchim. Veamos por qué.

Menuchim es un engendro, un niño enfermo, imbécil, desvalido, aquejado de ataques epilépticos. Sus 3 hermanos sienten un profundo odio y una profunda aversión que raya en las ganas homicidas de deshacerse del pequeño. Último hijo de Mendel y de Déborah, Menuchim vive una existencia desgraciada reducida al llanto y a la enunciación de la única palabra que conoce, “mamá”.

Padre y madre, preocupados por el futuro aparentemente cierto del pequeño, niegan la posible ayuda de los médicos y deciden acudir al rabino para pedir consejo y escuchar el designio que dios prevee para el pobre desgraciado.

El rabino, después de recibir a la mujer, que con cruentas batallas libradas contra el gentío formado llega a la puerta del mismo, éste le dice,

“Menuchim, hijo de Mendel, se curará. En todo Israel no habrá muchos como él. El dolor lo hará sabio, la fealdad lo hará bondadoso, la amargura lo hará dulce y la enfermedad lo hará fuerte. Sus ojos serán grandes y profundos, y sus oídos claros y llenos de resonancias. Su boca callará, pero cuando abra los labios anunciará cosas buenas. No tengas miedo y vuelve a casa… No lo abandones porque de ti ha nacido como cualquier hijo sano” p. 33

La familia Mendel atraviesa la fragmentación, los 2 hijos son llamados al servicio militar. Prefiriendo siempre la enfermedad íntima que la enfermedad causada por los otros, se lamentan de no haber tenido hijos con alguna pequeña discapacidad para así escapar a la obligación patriótica de hacer de sus hijos carne de cañon. No obstante, Jonás desea ser militar y escapar del “infierno” que para él representa su familia al tiempo que se fuga también del ejercicio responsable de su libertad. Así, en una carta en la que se ufana de su puesto militar, dice complacido,

“Estas cosas me gustan y la vida militar también. Me quedaré incluso cuando termine mi servicio militar. Te dan de comer, las órdenes te llegan desde arriba y no se necesita pensar” p. 148

En cambio, Schemarjah, apoyado por su madre, decide desertar y fugarse a otro país para no servir al ejército. Llega a Estados Unidos y arregla todo para que su familia lo siga.

Miriam, la única hija del matrimonio, aunque viviendo en la casa de sus padres, no desaprovecha cualquier oportunidad que se le presenta para satisfacer su goce histérico acostándose con los cosacos del cuartel militar próximo a su poblado. “Tiene al diablo en en el cuerpo” repite en varias ocasiones su padre.

Déborah, la esposa, la madre sufriente, dedicada a la casa y a los problemas más íntimos que la pobreza y las situaciones familiares generan, vive en un estado perpetuo de incomodidad que soporta sin apenas quejarse.

Pero decíamos, Menuchim es el personaje principal porque será el que desestabilice la irrebatible apariencia que el destino tiene dibujado para la familia Mendel al estructurar un acontecimiento no esperado.

Despreciado, abandonado, sobreviviente de un incendio, víctima de las circunstancias de miseria y de odio explícito o velado de parte de su familia, Menuchim es portador de lo in-esperado.

De aquél de quien menos se espera, surge una “débil fuerza mesiánica” redentora.

Una vez instalados en Estados Unidos, la situación de la familia empieza a mejorar. La vida cotidiana se ve radicalmente transformada, el nuevo mundo atravesado por el smog, el metro y los teatros configuran una forma diferente de habitar el tiempo. Sin embargo, el viejo y cíclico hábito de rezar que Mendel Singer tiene, no cambia.

Tan piadoso, temeroso e impoluto creyente, día con día agradece los amaneceres y las noches. Pero, estalla la guerra y el viaje preparado para ir en búsqueda de Menuchim se desvanece y acarrea la tragedia familiar.

Sam o Schemarjah se incorpora a las filas del ejercito americano y como es de suponer, muere en combate. Jonás, el fiel soldado, ha “desaparecido”. La suerte de Menuchim no parece tampoco nada prometedora entre los desolados paisajes bélicos.

Déborah fallece al instante de enterarse de la muerte de Schemarjah. Miriam no tardará un par de días o semanas en enfermar y ser internada en un psiquiátrico.

Mendel, sólo y con un fuerte sentimiento de haber sido traicionado por dios, reniega mil veces de él y en un arrebato de “venganza” intenta quemar su casa y con ella a dios y a su dispositivo comunicante entre él y Él. No lo logra. Sus rezos dejan de existir y su piedad deviene hastío.

El tiempo se transforma nuevamente adquiriendo un contenido mortecino. Tiempo que no oculta la tragedia invivible de Mendel y que estructura sus dias y sus noches deseando nada más que la muerte y regresar a su “patria” para allí ser enterrado. Sin esperanzas y con la fatiga de existir, habrá de vivir un momento de “redención” no contemplado.

Sin saberlo, Mendel genera, después de un largo tiempo, la única ilusión de regresar a Europa, a raíz de haber escuchado por casualidad “La canción de Menuchim”. Es aquí, en la tienda de su amigo, que ahora es su casa, donde aparece por primera vez el fino hilo inesperado del tiempo mesiánico en forma de canción.

Menuchim se nos aparece como un personaje ausente que habita espacios no visibles, incómodo por ser un fardo que pesa sobre toda su familia, genera sentimientos ambivalentes de amor y odio. Oculto durante gran parte del relato, desde el velo impuesto por los Otros y sacrificado por el “bien” de la familia Singer, el desgraciado y rechazado irrumpe haciendo saltar el tiempo trágico de la narración.

Lo soterrado busca y encuentra. Anuncia su llegada sin que nadie se de cuenta.

Esperando simbólicamente el arribo del profeta en la primer cena de Pascua, quien llega realmente es Menuchim. El paso de lo simbólico esperado al ámbito real de la llegada del “milagro”, nos muestra la compleja dialéctica entre esperanza y realidad.

Los años tortuosos de Mendel se ven redimidos por la llegada de su hijo. Logra así reconciliar el tiempo profano con el tiempo sagrado de la “redención” que ha traído Menuchim.

Menuchim atenúa el azoro de su padre y abre un pequeño horizonte de posibilidad no trágico. Desde una posición que se eleva por encima de su comunidad, músico prolífico, hombre con riquezas, porta la esperanza del encuentro posible con su hermano y la cura de su hermana.

Mendel, por escasas 24 horas, vive con más fuerza el ámbito sagrado de la experiencia humana que las décadas de penuria, miseria, rezos, alabanzas y desgracia constantes.

Ese otro tiempo, breve, instantáneo, festivo y sagrado, conduce a la muerte vivida o a la vida que muere, que resurge y que abre caminos posibles. Lo oculto y lo rechazado como metáfora de la nada siempre posible.