Los perros, la gente y la dignidad

Marx escribió, en su famosa Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel [Zur Kritik der Hegelschen Rechtsphilosophie. Einleitung],

Die Kritik der Religion endet mit der Lehre, daß der Mensch das höchste Wesen für den Menschen sei, also mit dem kategorischen Imperativ, alle Verhältnisse umzuwerfen, in denen der Mensch ein erniedrigtes, ein geknechtetes, ein verlassenes, ein verächtliches Wesen ist. Verhältnisse, die man nicht besser schildern kann als durch den Ausruf eines Franzosen bei einer projektierten Hundesteuer: Arme Hunde! Man will euch wie Menschen behandeln!

[Traducimos: La crítica de la religión termina con la doctrina/teoría de que el hombre sea el ser más importante para el hombre; por tanto, con el imperativo categórico de destruir todas las relaciones en las que el hombre es un ser humillado, subyugado, abandonado, despreciado. Relaciones que no pueden ser descritas de mejor manera que con la exclamación de un francés, con motivo del proyecto de impuestos sobre los perros: ¡Pobres perros, se os quiere tratar como a seres humanos! ]

Yo me pregunto de dónde surge esa obsesión, que en los últimos años se ha exacerbado, en torno a los “derechos” de las mascotas y de los perros. Me parece indignante la forma en que la gente, a falta de poder tener relaciones humanas de calidad y sobre la base de un reconocimiento intersubjetivo afirmativo, tenga que volcar su incapacidad en el tratamiento neurótico-humanizado de sus mascotas.

La indignación sobre el “maltrato” animal en general, y sobre los perros en particular, opera sobre el reconocimiento deformado y proyectivo de “dignificar” y “humanizar” aquello que no ofrece resistencias en la constitución de la imagen (ficcional) narcisista y egoísta del dueño de las mascotas. La manera de ocultar la cosificación cotidiana que despliega el dueño de la mascota sobre las demás personas se basa en la teatralización de su comportamiento hacia el animal como si de un humano se tratara. Se rasga las vestiduras por los perros “de la calle”, por el abandono de un perro, por el alarido “lastimoso” de un animal, por las jaulas llenas de animales, pero es incapaz de indignarse ante las atrocidades cotidianas en contra de sus congéneres: su elitismo y petulancia de cualquier índole, su racismo, su apatía y valemadrismo frente al dolor humano, su explotación y agandalle, su revanchismo, su machismo, su favoritismo, etc.

¿Qué lleva a una persona a encubrir su vileza en el trato neurótico hacia los animales? ¿Culpa y expiación?