De las posibilidades de escribir

Cioran escribió,

“No se escribe porque se tenga algo que decir, sino porque se tienen ganas de decir algo”

Tener algo que decir no es lo mismo que tener ganas de decir algo, por lo menos es lo que Cioran parece señalar.

Pero, ¿qué podría ser eso de “tener algo que decir”?

Solemos decir a veces, “Tengo que decirte algo”. El tengo, aquí, parece adquirir un sentido de necesidad o de premura. Existe algo comunicable, es decir, un mensaje, un contenido, que exige ser dicho. No obstante, ¿de dónde proviene dicha exigencia o necesidad?

Si respondemos diciendo que proviene del sujeto que necesita decir algo, entonces fundamentamos la necesidad del decir no en el contenido mismo del decir, sino en el articulador que presta voz al mensaje que exige ser dicho.

Si sostenemos, en cambio, que proviene del contenido del mensaje mismo, entonces, el sujeto que articula el decir no es más que simple instrumento que posibilita el dis-curso del mensaje. En este caso, lo importante no es el lugar del decir (sujeto), sino el qué del mismo.

Por otra parte, “tener ganas de decir algo” nos ubica en el plano del deseo. Esto es, nos posiciona en el ámbito del sujeto. Sujeto que, en tanto tal, es deseante por ser carenciado.

Si deseamos es precisamente porque nos constituye una falta que pretendemos colmar. Deseamos aquello que no tenemos y que nunca tendremos, porque de ser así, dejaríamos de ser sujetos finitos y deseantes, y seríamos dioses in-deseantes, plenos, colmados, sin tensión de posibilidad, cerrados sobre sí mismos y sin posibilidad de devenir. Pues, el deseo, al no tener un objeto definido que lo sacie o agote, abre el campo de la incesante posibilidad infinita.

Así pues, desear escribir, desear decir algo, o simplemente desear, nos ubica en la dimensión de lo posible y no de lo necesario. De ahí que el mero acto de escribir sea, quizá, un exceso sin finalidad alguna; siempre y cuando hablemos del “tener ganas de decir algo” y no del “tener algo que decir”.