Lo cotidiano

Qué es pues lo cotidiano, preguntamos.

Aquello que se repite día con día. Pero, ¿qué es aquello que se repite y de qué manera se repite?

Lo que se repite es el habitar práctico-concreto de alguien, de un hombre o de una comunidad. Ese habitar implica ante todo un entorno relacional de objetos, estados, disposiciones, personas, fines, medios, intereses; en conjunto, una trama de prácticas diferenciadas que anudan en la temporalidad reiterativa del habitar mismo.

El pasado, el presente y el futuro, conforman la experiencia de lo cotidiano como un continuum sin fisuras esenciales. El hacer o el habitar cotidianos toma al instante, que acontece siempre en el aquí y en el ahora, como parte indiferenciada del tiempo. Cada momento es vivido exactamente como el anterior, repetible e incluso esperado como futuro ya construido, cerrado en su devenir y falto de toda posibilidad radical.

Lo cotidiano se nos presenta entonces como una unidad indiferenciada de tiempo. Quien vive en el tiempo de lo cotidiano, no requiere ni exige explicación de dicho fenómeno, se le aparece como algo comprensible de suyo y se le presenta como un tiempo a-problemático. Tiempo que escapa de la duda y conquista, aparentemente, la certeza del qué-hacer rutinario.

Aquello que se repite se posiciona en el ámbito del acontecer indubitable. Parece no caber la posibilidad de ruptura o, incluso, las “rupturas” mismas se encuentran ya subsumidas a la cotidianidad. Rupturas cotidianas o rupturas rutinarias que terminan por sabotear el carácter más íntimo de la ruptura en tanto tal, de lo extra-ordinario, del plus des-estructurador del tiempo.

Lo cotidiano es así tiempo de imposibilidad, de hastío, de sopor y aburrimiento. Un círculo que se cierra sobre sí mismo y que comprende en su interior las “posibilidades” ya determinadas de una vez y para siempre.

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