Calaverita Freud

Deseaba Freud que Edipo no lo encontrara
pues acechando la muerte estaba.

No tardó nuestro analista en ser escuchado
por el inconciente que lo había estructurado.
De inhibiciones, síntomas y angustias
su diván estuvo colmado.

Presentábanse histéricas a domicilio,
con vómitos y dolores padecidos.
Neuróticos deprimidos y psicóticos
divertidos.
Todos ellos en corrillo gritando:
¡Ay Freud, que reprimido estoy!

Sin embargo, la pulsión que tanto amaba
convirtióse en una parca.
Y su querida pulsión de vida, en muerte
se convertiría.

Del diván estallaron palabras,
centellearon las angustias,
y una calaca desnuda
a Freud se le subía.

Soñando creyó encontrarse
nuestro amado vienés
asustado. Pero
despavorido quedó,
cuando cuenta se dió
que a la calaca su infancia
le había confiado.

Sonriendo la parca le dijo,
“No es un fallido, sino un estallido”
Y con estruendosas carcajadas
a nuestro Freud querido,
la muerte lo hizo su marido.

Ahora mueren juntos, deambulando
entre palabras de obsesivos
y de histriónicos alaridos.

Pobre Freud, pobre crío,
en estos tiempos está muy vivo.