Adorno y lo político (fragmento)

Fragmentos de: Schwarzböck, Silvia, Adorno y lo político, Prometeo, Buenos Aires, 2008

… Adorno va a sostener que todos los que se propongan crear una nueva sociedad siempre encontrarán como obstáculo a la psiquis humana, porque los hombres constituyen su identidad identificándose con el opresor: la violencia que reprimen en el acto de obedecer la canalizan aplicando sobre otros el mismo principio que los hace sufrir. A diferencia de los marxistas, que suelen plantear esta tesis en términos históricos y considerarla a lo sumo como un buen diagnóstico de la subjetividad burguesa, Adorno -siempre tan poco afecto a la historia y tan enemigo de cualquier relativismo- la convierte en la clave para entender el fracaso de la emancipación humana. Si la víctima se identifica con el opresor, haciendo sufrir a otros, el sufrimiento endurece y la enfría, en lugar de sensibilizarla…

Que otros sufran por causa nuestra, mientras uno sufre a causa de otros, no hace que el mundo sea más justo, pero permite una compensación que sólo se revela como tal con el fracaso de las revoluciones. Las víctimas, una vez liberadas, hacen sin saberlo todo lo posible para que el nuevo orden les provea las condiciones opresivas del orden anterior, donde sufrían y se quejaban, mientras hacían sufrir a otros…

Este fracaso se debería a que la posibilidad de que los hombres sean felices aquí y ahora depende de la política -porque la política es la praxis destinada a eliminar de este mundo el sufrimiento-, pero la política no logra cambiar la psiquis humana porque la psiquis humana está constituida para soportar la opresión ejerciéndola sobre otros, no para emanciparse…

La política intenta que los hombres dejen de sufrir como miembros de la especie, aunque no puede evitar que como individuos sigan padeciendo los sufrimientos que les crea su psiquismo o los que les son creados por el psiquismo de otros individuos. Pero la política fracasa porque el sufrimiento, que es lo único que les queda a los hombres para contrarrestar el hechizo que ellos mismos han creado y bajo el cual viven -el hechizo del espíritu-, los fortalece para perseverar en la opresión, en lugar de sensibilizarlos para querer eliminarla.

Bordeando

Como esas agujas que al deslizarse por entre los pliegues del espacio arrastran con su cabeza un hilo intermitente de recuerdos.

O como ese borde de la banqueta que es el mundo, donde la vida se detiene mientras el sol marchita al insomne y le escupe el regocijo ajeno.

No se diga entonces que nada humano me es ajeno, porque lo humano mismo es su otro. Lo humano y su doble. Lo humano y su borde.

Esbozo de un posible programa: ontología y política

Si el abordaje y el andamiaje teórico de ésta investigación es adecuado, entonces podremos desarrollar y obtener algunos resultados en torno a la relación entre ontología y política.

Primer apunte.

Pensamos que hablar de la política desde la filosofía supone, en principio, delimitar el objeto de la reflexión (la política) a una región de ésta (la filosofía). Es decir, para mostrar el sentido de la política en su “esencia” debemos pensarla desde la ética.

Digamos que el tras-fondo sobre el cual aparece la política es precisamente el de la ética. Ahora bien, debemos entonces definir qué es eso de “la ética” y mostrar por qué ella es el “tras-fondo” de la política en cuanto tal. Esto, a su vez, supone dilucidar qué es la política, pero ya desde el horizonte de comprensibilidad que nos haya ofrecido como resultado la investigación de dicho tras-fondo.

Tenemos entonces 2 regiones: la ontología y la ética; ésta última, a su vez, subsumiendo a la política. Así, nuestra relación primaria parece haberse convertido en la relación entre ontología y ética.

Segundo apunte

Sostenemos lo siguiente: toda ética implica necesariamente una ontología, pero no toda ontología implica necesariamente una ética. Por donde observamos la preeminencia de la tematización ontológica frente a una sub-región derivada de ella: la ética.

Cabe la pregunta siguiente: ¿Por qué y en qué sentido la ontología adquiere preeminencia frente a la ética?

Cabe también la siguiente pregunta: ¿Qué es entonces la ontología para que exija ser ontológicamente primera en el orden de la reflexión?

Ligerezas

Vaya que existen esos “escritores críticos” que con un aire retórico embaucan a la “gente” (recuérdese que el tuerto es rey entre los ciegos). Pero que, eso sí, escriben sin el más mínimo rigor conceptual. Llenan hojas y hojas sobre las más diversas temáticas habidas y por haber, ningunean desde las mas altas poltronas del retoricismo dogmatizante y defienden castillos de papel. He ahí la imagen de los neo-predicadores.

¡Oh! ¡Rétor incomparable!, ¿cuándo podrás convencer con la verdad y no con meros artificios lingüísticos?

¡Oh! ¡Rétor ninguneador!, ¿por qué tus palabras no tienen eco sino entre tus feligreses y en algún que otro extraviado?

¡Oh! ¡Rétor revolucionario!, tan lejos de la verdad, pero tan cerca del embauco. Lucha, lucha, ladra, insulta y vuelve a insultar, contraven en tus actos tu discurso de retazos con apariencia de unidad.

Y tú, lejano lector, ¿conoces a alguno?

La Nada y sus posibles: la mala fe (parte I)

Sartre resulta ser un autor interesante y grato de leer por la complejidad y claridad con la que estructura su argumento en torno al Ser y al ser-de-la-libertad-del-hombre. En ésta serie de breves ensayos abordaremos detenidamente lo que Sartre denomina “mala fe”. Así pues, el tema que de momento nos interesará será ésta conducta de “huida” frente a la libertad. Para ello debemos seguir los pasos argumentales que nos revelarán la posibilidad de dicha conducta.

En el Ser y la Nada, que lleva como subtítulo, Ensayo de ontología y fenomenología, podemos barruntar el abordaje y la especificidad del ensayo.

Ontología y fenomenología hacen eco inmediato a una tradición que se remonta a la filosofía alemana del siglo XX. Y, en el desarrollo del texto, veremos la alusión, la concesión y la crítica a los dos grandes fenomenólogos con los que Sartre establece diálogo: Husserl y Heidegger.

Para Sartre, la búsqueda del Ser interesa en tanto nos devela la existencia de dos regiones de ser: el ámbito del ser-en-sí y la región del ser-para-sí; siendo ésta última la que adquiere preeminencia en el desarrollo de la exposición por tratarse de la región del existente humano.

Para poder arribar a la distinción arriba indicada, Sartre realiza un examen que parte de la investigación del fenómeno.

Empecemos por aclarar que, según Sartre, la historia de la filosofía (por lo menos moderna) ha escindido la realidad en un dualismo insuperable. Ejemplo de ello son las concepciones que separan la “esencia” de la “apariencia” y que sostienen que ésta última es una especie de velo o de error que oculta a la “esencia”. Recuérdese en éste caso la distinción ontológica que Kant hace al separar fenómeno de noumeno.

No obstante, el “giro” fenomenológico pretende zanjar ese dualismo al decir que el existente es fenómeno: es aquello que se muestra o que aparece, y que en su aparecer es indicativo de sí mismo. Es decir, el fenómeno no expresa otra realidad que la de sí mismo, no hay un “otro” o un “detrás” del fenómeno. El fenómeno es la serie misma de sus apariciones que se sostienen por sí misma y apuntan a sí.

Deja de existir esa “capa” que vela la esencia del existente (como las capas de la cebolla), no existe tampoco un ser que remite a otro ser como el fenómeno al noumeno kantiano. Sartre llama al fenómeno lo relativo-absoluto, pues al ser indicativo de sí mismo y no referir a otro ser para ser es absoluto. Pero, es relativo en cuanto aparece frente a otro, la conciencia.

En éste examen se nos revela también la existencia de aquello ante lo cual el fenómeno aparece. Pues si algo aparece, siempre, es ante algo: la conciencia. De ahí que Sarte diga,

El primer paso de una filosofía ha de ser, pues, expulsar las cosas de la conciencia y restablecer la verdadera relación entre ésta y el mundo, a saber, la conciencia como conciencia posicional del mundo. Toda conciencia es posicional en cuanto que se trasciende para alcanzar un objeto, y se agota en esa posición misma: todo cuanto hay de intención en mi conciencia actual está dirigido hacia el exterior, hacia la mesa; todas mis actividades judicativas o prácticas, toda mi afectividad del momento, se trascienden, apuntan a la mesa y en ella se absorben. p.19

A la conciencia se le aparecen los fenómenos, porque el fenómeno mismo, en tanto tal, es puro aparecer, es mostración de sí. Ahora bien, la naturaleza de la conciencia es no la de aparecer sino la de ser-conciencia del aparecer del fenómeno; y, agrega Sartre, cuando la conciencia es conciencia de algo, es, a su vez, conciencia de sí, lo que resume al decir que, “toda conciencia posicional de objeto es a la vez conciencia no posicional de sí misma”. La conciencia intencional es irreflexiva, existe en la inmediatez de la relación (entre) ella y su objeto. Es conciencia de sí misma en el acto mismo de trascenderse e intencionar hacia su objeto, es intención operatoria que al mismo tiempo es “revelante-revelada”. Toda conciencia (de) sí se engendra en la unidad misma de ser conciencia de algo. O lo que es lo mismo, toda conciencia de algo es conciencia de sí, pero no en tanto conciencia reflexiva, sino como conciencia irreflexiva o no tética de sí.

Uno de los ejemplos que utiliza Sartre es el del placer. Y cito:

El placer no puede distinguirse -ni aun lógicamente- de la conciencia de placer. La conciencia (de) placer es constitutiva de placer, como el modo mismo de su existencia, como la materia de que está hecho y no como una forma que se impusiera con posterioridad a una materia hedonista. El placer no puede existir “antes” de la conciencia de placer, ni aun en la forma de virtualidad o de potencia.

La conciencia no es una cosa entre las cosas, ni tampoco es una conciencia que tiene dentro de sí cosas, por el contrario, es una conciencia vacía y su ser es la de ser-intencional, dirigida hacia el mundo. Existe y se da, en y por la relación de trascendencia hacia las cosas. En la conciencia ni hay representaciones ni tampoco un Ego que la habite, ni nada que implique una “cosidad”: es una entidad vacía. Y, adelantando un poco, es una Nada de ser.