Ocurrencias sobre las vocales y las consonantes

Un gran y estimado amigo me hacía reparar sobre la constitución de todas las lenguas humanas a partir de la articulación entre las vocales y las consonantes.

Y es que, en efecto, obsérvese que toda vocal, a diferencia de las consonantes, consiste en espirar aire. Abrimos la boca y dejamos que el aire fluya a través de nuestra laringe para finalmente salir en forma de sonido-vocal por la boca. No se utiliza propiamente la lengua y los labios solo sirven para que el sonido adquiera mayor claridad, los dientes no se utilizan absolutamente.

Las consonantes, en cambio, implican una especie de retención o de contención acústica. Se utilizan mayoritariamente, para lograr el efecto acústico, los labios, los dientes y la lengua. La boca permanece cerrada si intentamos representar acusticamente alguna de ellas. El aire encuentra un limite en la articulación fónica de las consonantes.

Las 5 vocales que usamos en la lengua española sirven de base para anudar las restantes consonantes. Sin ellas es imposible articular palabra alguna.

Si fijamos el oído a todo tipo de canto encontraremos que son las vocales las que adquieren preeminencia. La modulación del sonido de las vocales constituye la esencia, por así decirlo, del canto mismo. En cualquier canción que escuchemos, la intensidad, el tiempo,el color, el timbre de las vocales, definirá la armonía melódica específica.

El caso quizá mas obvio y en donde resalta con mayor claridad esto último es en la ópera. Precisamente la especificidad de la ópera se juega en la posibilidad diferenciada de sostener las vocales ante límites temporales y tonalidades que son imposibles de efectuar en la fonación cotidiana del habla.

Todo esto me hace recordar, vaga y difusamente, algunas clases de estética en donde revisábamos el ensayo de Rousseau titulado, “Ensayo sobre el origen de la lengua”.

En pocas palabras, Rousseau intenta dar cuenta del origen de la lengua y su evolución hasta la época moderna. Para Rousseau el lenguaje humano encuentra su genesis en la “necesidad” de comunicar pasiones y emociones entre las personas. El lenguaje originario era un canto con sonidos nacidos de la pasión: una melodía. Éste lenguaje, al ir evolucionando a través de un “proceso de racionalización” pierde su música y “de-genera” en su uso comercial o práctico-utilitario.

Así, el lenguaje, en la época moderna, deja de ser música y se convierte en una mediación reducida a comunicar necesidades dejando de ser el soporte o el medio de expresión de las pasiones y emociones, originarias y constitutivas del lenguaje mismo.

Las vocales como música y como flujo intencional del aire. Las consonantes como límite y constricción. Las vocales y las consonantes como unidad de flujo y contención: el lenguaje.

Y tú

Y tú, que recorres calles y pasillos con la sonrisa siempre lista.
Con un paso despreocupado y las ideas centradas en un discurso ajeno ya ido.

Con miradas que, aunque fijas y difusas, son miradas perdidas.

Y tú, que inventando desde el ríspido asfalto alguna historia siempre vieja.

Que acariciando azulados horizontes no encuentras el misterio de la caricia.

Te preguntas.

¿Qué busca pues la caricia?

No se sabe, no… lo que la caricia busca.

Pues quien toca no acaricia, y quien acaricia no toca. Porque lo que busca la caricia, siempre, siempre, es lo por-venir.

Lo cotidiano

Qué es pues lo cotidiano, preguntamos.

Aquello que se repite día con día. Pero, ¿qué es aquello que se repite y de qué manera se repite?

Lo que se repite es el habitar práctico-concreto de alguien, de un hombre o de una comunidad. Ese habitar implica ante todo un entorno relacional de objetos, estados, disposiciones, personas, fines, medios, intereses; en conjunto, una trama de prácticas diferenciadas que anudan en la temporalidad reiterativa del habitar mismo.

El pasado, el presente y el futuro, conforman la experiencia de lo cotidiano como un continuum sin fisuras esenciales. El hacer o el habitar cotidianos toma al instante, que acontece siempre en el aquí y en el ahora, como parte indiferenciada del tiempo. Cada momento es vivido exactamente como el anterior, repetible e incluso esperado como futuro ya construido, cerrado en su devenir y falto de toda posibilidad radical.

Lo cotidiano se nos presenta entonces como una unidad indiferenciada de tiempo. Quien vive en el tiempo de lo cotidiano, no requiere ni exige explicación de dicho fenómeno, se le aparece como algo comprensible de suyo y se le presenta como un tiempo a-problemático. Tiempo que escapa de la duda y conquista, aparentemente, la certeza del qué-hacer rutinario.

Aquello que se repite se posiciona en el ámbito del acontecer indubitable. Parece no caber la posibilidad de ruptura o, incluso, las “rupturas” mismas se encuentran ya subsumidas a la cotidianidad. Rupturas cotidianas o rupturas rutinarias que terminan por sabotear el carácter más íntimo de la ruptura en tanto tal, de lo extra-ordinario, del plus des-estructurador del tiempo.

Lo cotidiano es así tiempo de imposibilidad, de hastío, de sopor y aburrimiento. Un círculo que se cierra sobre sí mismo y que comprende en su interior las “posibilidades” ya determinadas de una vez y para siempre.

Ocurrencias sobre “Job” de Joseph Roth o sobre lo oculto y rechazado

Job es el título de una novela del escritor austríaco Joseph Roth, de origen judio, convertido al catolicismo, bebedor empedernido, vecino de la esquizofrenia (su mujer la padecía) y habitante del delirium tremens en la última etapa de su vida.

Mendel Singer es el personaje principal de la novela que comentamos. Maestro dedicado a enseñar la bíblia a sus pequeños alumnos, devoto ferviente de su judaica religión, construye su vida y la de su familia aceptando la miseria, la enfermedad y la tragedia como designios irrebatibles de dios.

Sin embargo, pensamos que el personaje principal no es Mendel Singer, sino su hijo enfermo, Menuchim. Veamos por qué.

Menuchim es un engendro, un niño enfermo, imbécil, desvalido, aquejado de ataques epilépticos. Sus 3 hermanos sienten un profundo odio y una profunda aversión que raya en las ganas homicidas de deshacerse del pequeño. Último hijo de Mendel y de Déborah, Menuchim vive una existencia desgraciada reducida al llanto y a la enunciación de la única palabra que conoce, “mamá”.

Padre y madre, preocupados por el futuro aparentemente cierto del pequeño, niegan la posible ayuda de los médicos y deciden acudir al rabino para pedir consejo y escuchar el designio que dios prevee para el pobre desgraciado.

El rabino, después de recibir a la mujer, que con cruentas batallas libradas contra el gentío formado llega a la puerta del mismo, éste le dice,

“Menuchim, hijo de Mendel, se curará. En todo Israel no habrá muchos como él. El dolor lo hará sabio, la fealdad lo hará bondadoso, la amargura lo hará dulce y la enfermedad lo hará fuerte. Sus ojos serán grandes y profundos, y sus oídos claros y llenos de resonancias. Su boca callará, pero cuando abra los labios anunciará cosas buenas. No tengas miedo y vuelve a casa… No lo abandones porque de ti ha nacido como cualquier hijo sano” p. 33

La familia Mendel atraviesa la fragmentación, los 2 hijos son llamados al servicio militar. Prefiriendo siempre la enfermedad íntima que la enfermedad causada por los otros, se lamentan de no haber tenido hijos con alguna pequeña discapacidad para así escapar a la obligación patriótica de hacer de sus hijos carne de cañon. No obstante, Jonás desea ser militar y escapar del “infierno” que para él representa su familia al tiempo que se fuga también del ejercicio responsable de su libertad. Así, en una carta en la que se ufana de su puesto militar, dice complacido,

“Estas cosas me gustan y la vida militar también. Me quedaré incluso cuando termine mi servicio militar. Te dan de comer, las órdenes te llegan desde arriba y no se necesita pensar” p. 148

En cambio, Schemarjah, apoyado por su madre, decide desertar y fugarse a otro país para no servir al ejército. Llega a Estados Unidos y arregla todo para que su familia lo siga.

Miriam, la única hija del matrimonio, aunque viviendo en la casa de sus padres, no desaprovecha cualquier oportunidad que se le presenta para satisfacer su goce histérico acostándose con los cosacos del cuartel militar próximo a su poblado. “Tiene al diablo en en el cuerpo” repite en varias ocasiones su padre.

Déborah, la esposa, la madre sufriente, dedicada a la casa y a los problemas más íntimos que la pobreza y las situaciones familiares generan, vive en un estado perpetuo de incomodidad que soporta sin apenas quejarse.

Pero decíamos, Menuchim es el personaje principal porque será el que desestabilice la irrebatible apariencia que el destino tiene dibujado para la familia Mendel al estructurar un acontecimiento no esperado.

Despreciado, abandonado, sobreviviente de un incendio, víctima de las circunstancias de miseria y de odio explícito o velado de parte de su familia, Menuchim es portador de lo in-esperado.

De aquél de quien menos se espera, surge una “débil fuerza mesiánica” redentora.

Una vez instalados en Estados Unidos, la situación de la familia empieza a mejorar. La vida cotidiana se ve radicalmente transformada, el nuevo mundo atravesado por el smog, el metro y los teatros configuran una forma diferente de habitar el tiempo. Sin embargo, el viejo y cíclico hábito de rezar que Mendel Singer tiene, no cambia.

Tan piadoso, temeroso e impoluto creyente, día con día agradece los amaneceres y las noches. Pero, estalla la guerra y el viaje preparado para ir en búsqueda de Menuchim se desvanece y acarrea la tragedia familiar.

Sam o Schemarjah se incorpora a las filas del ejercito americano y como es de suponer, muere en combate. Jonás, el fiel soldado, ha “desaparecido”. La suerte de Menuchim no parece tampoco nada prometedora entre los desolados paisajes bélicos.

Déborah fallece al instante de enterarse de la muerte de Schemarjah. Miriam no tardará un par de días o semanas en enfermar y ser internada en un psiquiátrico.

Mendel, sólo y con un fuerte sentimiento de haber sido traicionado por dios, reniega mil veces de él y en un arrebato de “venganza” intenta quemar su casa y con ella a dios y a su dispositivo comunicante entre él y Él. No lo logra. Sus rezos dejan de existir y su piedad deviene hastío.

El tiempo se transforma nuevamente adquiriendo un contenido mortecino. Tiempo que no oculta la tragedia invivible de Mendel y que estructura sus dias y sus noches deseando nada más que la muerte y regresar a su “patria” para allí ser enterrado. Sin esperanzas y con la fatiga de existir, habrá de vivir un momento de “redención” no contemplado.

Sin saberlo, Mendel genera, después de un largo tiempo, la única ilusión de regresar a Europa, a raíz de haber escuchado por casualidad “La canción de Menuchim”. Es aquí, en la tienda de su amigo, que ahora es su casa, donde aparece por primera vez el fino hilo inesperado del tiempo mesiánico en forma de canción.

Menuchim se nos aparece como un personaje ausente que habita espacios no visibles, incómodo por ser un fardo que pesa sobre toda su familia, genera sentimientos ambivalentes de amor y odio. Oculto durante gran parte del relato, desde el velo impuesto por los Otros y sacrificado por el “bien” de la familia Singer, el desgraciado y rechazado irrumpe haciendo saltar el tiempo trágico de la narración.

Lo soterrado busca y encuentra. Anuncia su llegada sin que nadie se de cuenta.

Esperando simbólicamente el arribo del profeta en la primer cena de Pascua, quien llega realmente es Menuchim. El paso de lo simbólico esperado al ámbito real de la llegada del “milagro”, nos muestra la compleja dialéctica entre esperanza y realidad.

Los años tortuosos de Mendel se ven redimidos por la llegada de su hijo. Logra así reconciliar el tiempo profano con el tiempo sagrado de la “redención” que ha traído Menuchim.

Menuchim atenúa el azoro de su padre y abre un pequeño horizonte de posibilidad no trágico. Desde una posición que se eleva por encima de su comunidad, músico prolífico, hombre con riquezas, porta la esperanza del encuentro posible con su hermano y la cura de su hermana.

Mendel, por escasas 24 horas, vive con más fuerza el ámbito sagrado de la experiencia humana que las décadas de penuria, miseria, rezos, alabanzas y desgracia constantes.

Ese otro tiempo, breve, instantáneo, festivo y sagrado, conduce a la muerte vivida o a la vida que muere, que resurge y que abre caminos posibles. Lo oculto y lo rechazado como metáfora de la nada siempre posible.